El viaje

Iba su hijo junto a la ventanilla. Pasaban ante sus ojos los árboles, las pocas casas de campo, mientras el ómnibus hacía su marcha veloz hacia su destino. La ruta serpenteaba entre las elevaciones del paisaje, intentando buscar lugares bajos, y sin perder velocidad, salvo en aquellas paradas en la ciudad que habían dejado atrás, para que más gente subiera.
El equipaje era un bolso mediano, que perfectamente podría ser transportado por el adulto, y una pequeña mochila para el niño, que ahora descansaba a los pies de éste. Algunos juguetes, un par de libritos y lápices era casi todo el contenido en ella. Pero ahora no le interesaban al pequeño.
Este miraba por la ventanilla, y contemplaba un paisaje que pasaba veloz, que tal vez no volviera a observar. El destino era desconocido. La ruta, nueva. Los sueños serían otros a partir de mañana.
Hubiera querido preguntar a papá. Al menos descubrir por adelantado, imaginar cómo sería ese nuevo lugar, ese nuevo… ¿hogar?. Pero iba en silencio, y la partida había mezclado tanto en su interior, que las palabras no se formaban desde hacía muchas horas ya. Lo serpenteante de una vida no figura en las expectativas de un niño, que solo va mirando el presente, cada día con su juego. Pero ahí estaba esa ruta, levándolo lejos, sobre un ómnibus que le alejaba de todo lo conocido, a toda prisa, sin aviso, sin decidir, sin saber razones, sin tener idea de qué sería mañana, ni su nuevo lugar.
No prestaba atención a la mirada ensombrecida de su padre, fija en su pequeñez, como formando un signo de duda, incertidumbre por la situación. ¿Cómo se sabe cuando las decisiones son las correctas? ¿Cuánto puede sanar o lastimar un camino que elegimos? ¿Cuánto de ese daño puede transmitirse al ser más querido en la vida?
También él, el padre, iba en silencio. De a ratos quería contarle cosas. Mostrarle figuras nuevas por el camino. Decirle cómo sería donde iban. Pero también, prefirió no hablar. Miraba la silueta empequeñecida del hijo, con el ánimo contagiado de nubes espesas que marcaban el cielo ese día. Y sin saber si prefería ver el viaje terminado, o desear que éste durara para siempre. Con la duda dolorosa, punzante, inquietante de hacerse la idea de conocer qué sería de sus vidas mañana. Con miedo de pedir perdón o la esperanza de sentir un “ya verás cuánto mejor será”. Pero el viaje no le aclaraba las ideas.
La ruta continuó su serpenteante camino. Ya casi no había casas de campo a la vista, y las ciudades estaban distantes. Y olvidando distancias y el tiempo del camino, el padre miró por largo rato a su hijo, quien ya caía preso del sueño, y poco a poco sus ojos se cerraron hasta dormirse. Deseó con fuerzas que sus sueños fueran los más hermosos. Pero no estaba seguro cómo sería al despertar.
Culterpaulus.
21/11/2009